Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de noviembre de 2018

En la era digital, tu viaje a un clic de distancia


La pasión por descubrir nuevos lugares, conocer nuevas culturas, experimentar nuevos sabores ha
unido a intrépidos viajeros desde el principio de los tiempos. Con el auge de las comunicaciones y la creación de una industria que gira en torno al turismo, países como Croacia, Tailandia e Islandia generan gran parte de su PBI gracias a esta actividad, generando una dependencia muy importante del turismo.


El desarrollo de esta pujante industria genera una amplia oferta en materia de aéreos, hotelería y diversas actividades que no solo hacen crecer las economías sino que acercan la posibilidad de viajar a muchas personas que hace 10 años tal vez ni imaginaban pasar unas vacaciones en las playas de Australia o esquiar en los Alpes Suizos.

Quienes amamos los viajes celebramos que ya no existan fronteras para los sueños y estamos siempre alerta ante nuevas oportunidades, ya que tu próximo destino puede estar cerca. Así navegamos por infinidad de sitios de agencias de viajes online, bajamos la última app para encontrar la mejor oferta sabiendo que en algún momento nuestra tenacidad nos dará ese destino que tanto buscamos.

Pero, ¿cómo hacer para navegar todos los sitios a la vez cuando estamos estudiando, trabajando o cuidando a nuestros hijos?¿Qué pasa si simplemente no damos en la tecla? 

Hace algunos años descubrí Promos Aéreas, un blog hecho por viajeros para viajeros con un solo objetivo: ayudarte a encontrar lo que estás buscando. 

Las 24 hs recibís todo lo que necesitás saber para el viaje que ya estás armando en tu cabeza, desde la contratación de servicios, información útil, cómo financiar tu viaje y cuándo es el momento ideal para hacer tu compra y empezar a armar tu valija.

Desde mi punto de vista lo mejor es que la información que recibís es para todo tipo de personas, desde viajeros experimentados hasta quienes nunca viajaron en avión. Podés conocer la oferta completa de vuelos, agencias de viajes o simplemente encontrar la info más reciente de tu compañía aérea de confianza.

¿CÓMO FUNCIONA?
El blog cuenta con un sistema súper eficiente de alertas, al cual podés acceder desde el site, mediante la suscripción a las novedades vía mail, siguiendo las distintas redes sociales o, la que para mí es la mejor alternativa, bajándote la APP y recibiendo en la palma de tu mano la última información, en cualquier momento y en cualquier lugar.


Promos Aéreas no solo te ofrece lo que buscas sino lo que por ahí ni te imaginabas que ibas a hacer y que se puede transformar en la mejor experiencia de tu vida. Combinaciones de destinos, fechas alternativas, escalas y las mejores opciones para disfrutar de grandes eventos culturales, deportivos y emblemáticos alrededor del globo.

Hacé clic aquí para visitar el site Promos Aéreas y comprobá vos mismo que puede ser el mejor aliado de un viajero.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tailandia, el país de la sonrisa (Parte 3)

Llegamos a la última y esperada parte de este relato de viajes. Tras arduas semanas de recorrer, viajar y experimentar, nos dirigimos a las playas del sur de Tailandia que decían ser unas de las más increíbles del planeta.

Luego de nuestro paso por el país vecino de Laos durante algunos días y una buena despedida nocturna en su capital Vientianne regresemos al país de la sonrisa con todas las expectativas de relajarnos en sus cristalinas aguas. Sin embargo, faltaba un largo trayecto ya que debíamos arribar al Aeropuerto Internacional Suvarnabhumi hacer migraciones y de alguna manera en 3 horas trasladarnos hasta el otro aeropuerto de Bangkok, Don Muang. La buena noticia es que Tailandia está tan preparada para recibir viajeros de todo el mundo que con sólo mostrar tu Boarding Pass el estado te provee de un transfer gratuito en bus.

PHUKET, PARADA “OBLIGADA”
Tras un largo y cansador día de viaje arribamos a Phuket, una enorme isla al sur del país que se convierte en
una parada obligada antes de viajar a las paradisiacas Islas de Ko Phi Phi. A Phuket arribábamos con un voucher de hotel y Ferry, producto de haber sido secuestrados por una agencia de turismo durante los primeros días del viaje, pero que hasta el momento habían cumplido con todas sus promesas. Nos alojamos una noche en el hotel AtHome 2 para partir hacia el muelle al día siguiente con destino a Phi Phi.

Al descender del avión uno ya percibe una gran diferencia con el resto de Tailandia y sobre todo con el norte del país. En primer lugar, existe una diferencia cultural importante y es que uno puede ver que muchos de los habitantes en esta zona son descendientes de hindúes o malayos, y además el Budismo deja de ser protagonista absoluto del paisaje para ceder espacio al Islam y al Hinduismo. Uno empieza a ver mujeres con sus cabezas cubiertas, tuk tuks y taxistas menos amistosos y más demandantes -si se puede decir así- y hasta eventualmente escuchar el llamado de alguna mezquita local por alto parlante. En segundo lugar, Phuket está invadido por turistas, en su mayoría proveniente de las frías tierras de Rusia que llegan a este paraíso asiático con muchos dólares y mucha prepotencia, pudiendo obtener absolutamente lo que deseen a cambio de dinero desde alquilar una motocicleta Ducati, disparar un ametralladora AK-47, sacarse fotos con un mono y cosas que, por buen gusto, evitaré enumerar.

Phuket es tal vez mucho peor que Bangkok -lo cual es bastante grave- en materia de prostitución, descontrol y oferta desmedida de drogas y otros entretenimientos prohibidos. El máximo exponente de lo que describo es el famoso Bangla Rd, una extensa y ancha calle repleta de bares sin puertas con mesas que dan al exterior. La particularidad es que sobre las mesas bailan mujeres semidesnudas, que piden dinero a cambio de sexo y que acosan a cualquiera que transite con bermudas y look no oriental. Al mismo tiempo juegan inocentes juegos, como el del martillo y el clavo, con señores barrigones muy jocosos. Otra particularidad de Phuket es la innumerable e indistinguible cantidad de ladyboys (transexuales) que caminan por sus calles, mucho cuidado para aquellos que tomen un poco de más ya que es muy fácil confundirse en la noche. Las tiendas de masajes son otro clásico del lugar, de día parecen pequeños centros de estética pero de noche las masajitas comienzan a presentarse de otra manera y ofrecen a los gritos “masajes con final feliz”.

Sacando el entretenimiento nocturno Phuket cuenta con hermosas playas para disfrutar durante el día. Tal vez la más popular sea Patong Beach, pero su cercanía a Bangla Rd. la convierte en un lugar excesivamente poblado y sucio. Sin embargo, existen otras alternativas como Karon Beach, a la que se accede tomando una moto taxi que, con regateo incluído, te llevará por algo así como 100 bahts. 

Los precios en Phuket son extremadamente altos, nada es accesible por lo que el lugar invita a huir lo antes posible para quienes viajamos con un presupuesto apretado. Lamentablemente, mi compañero de viaje había sufrido un accidente importante en un falange de su mano derecha es su paso por Laos, esta situación nos obligó a pasar más de una día en este lugar y conocer dos hospitales pero a esta anécdota la dejaré para cuando escriba el relato de viajes sobre Laos.

KO PHI PHI, “LA PLAYA”
Las islas de Ko Phi Phi, la grande Ko Phi Phi Don (Ver mapa) y la pequeña Ko Phi Phi Lee, son conocidas en todo el mundo como un paraíso terrenal. Al punto que el Director de cine Danny Boyle decidió homenajear a este lugar en la película la playa que tiene a Leonardo Di Caprio como protagonista, el film trata de un joven viajero que encuentra el lugar perfecto en el mundo en lo que hoy se conoce como Maya Bay adonde convive con un grupo de jóvenes de todo el planeta en una comunidad única en su tipo.


Al margen de la película, Phi Phi es realmente un paraíso. Cabe aclarar que repleto de turistas, en su gran mayoría australianos y escandinavos, algo que ya se podía percibir al momento de abordar el Ferry en Phuket ya que no había muchos Thais rumbo a las islas. La atmósfera de las islas del sur de Tailandia es de fiesta y con un target de entre 19 y 25 años, con salidas nocturnas similares al Spring Break americano. Para serles sincero tras viajar tantos días y de manera tan frenética tal vez no sea el lugar ideal para descansar, existen opciones más acordes para quienes busquen paz como la isla de Ko Lanta, de menos renombre pero aparentemente igual de fantástica a nivel geográfico.

Sin embargo Phi Phi no llega a convertirse en el gran descontrol que es la otra costa opuesta al Mar de Andaman, con las islas de Ko Samui y la célebre Ko Phangan, anfitriona de la Full Moon Party tal vez una de las juergas más grandes que existan en una playa.

Ko Phi Phi combina la tranquilidad durante el día y la locura durante la noche, por suerte como los jóvenes europeos cometen excesos en demasía uno no encuentra playas repletas de personas durante el día. Yo les recomiendo Long Beach, a 40 minutos aproximadamente del centro del pueblo y que tal vez sea el lugar más tranquilo para relajarse y disfrutar de un excelente día de playa.

Por las noches se comienza por caminar por sus estrechas calles, salir a comer algo en los distintos restaurantes o puestos de comida callejera, tomar alguna cerveza y pasar por el Slinky Bar por las noches para disfrutar de una fiesta adonde podés saltar una soga con fuego o atravesar aros en plena en la plena combustión al ritmo de una música electrónica a todo volumen. En la playa es muy común disfrutar de esta fiesta acompañándolo de Buckets (pequeños baldes de juegos de arena para niños, pero repletos con vodka, ron, red bull y gaseosa) o inclusive hasta el “Gas de la risa”, en un pequeño puesto que vende globos rellenos de helio para el entretenimiento de los turistas. Como les describía más arriba, el entretenimiento se engloba dentro del estereotipo anglosajón con mucha bebida y juegos que pueden hacer que uno termine en el hospital por distintas causas.

La vida en Phi Phi se vive sin preocupaciones. La actividad comienza muy temprano por las mañanas y termina tarde por las noches, desde mercados de comidas hasta locales de tatuajes al estilo Thai, con caña de bamboo se encuentran abiertos para satisfacer las necesidades de los clientes. Tal vez una de las pocas actividades que requieran de cierta planificación sean los tours que salen desde la Isla principal.

Nosotros optamos por una de las más simples, visitar Phi Phi Lee, Maya Bay y Monkey Beach. Desde el muelle principal partimos en un Longtail Boat -el típico barco Thai, de madera y con flores, que es la embarcación básica que utilizan los pescadores de la zona- con otro grupos de personas. En un día de un mar bastante movido cruzamos hacia el otro extremo para pasar por las cuevas de los piratas de Andaman, cuya principal actividad consiste en recolectar nidos de golondrina. Este producto es muy cotizado en el mercado asiático de manera que los piratas llegan a defender el botín a punta de pistola. Continuamos nuestro recorrido para parar en un arrecife de coral, de allí saltar al agua y disfrutar de las maravillas de un mar cristalino y lleno de riquezas.

Finalmente llegamos a Maya Bay, ingresando por el otro extremo no por la misma playa. Esto implicó saltar al agua en medio de corales que hacían difícil llegar hasta una escalera que permitía subir un pequeño acantilado. Tras este pequeño escollo caminamos por el ingreso al parque nacional, desde allí caminamos pocos metros por un sendero repleto de vegetación y, por el mismo lugar que accediera Di Caprio en la película, salimos a la tan esperada playa. Geográficamente impactante, Maya Bay es tal vez uno de los lugares más mágicos de la tierra. Turísticamente abusada, no hay casi espacio para relajarse ya que está repleta de embarcaciones ancladas en sus playas con guías gritando los nombres de la agencia terminan de tirar la ilusión por el piso.

Abandonamos la isla y volvimos a cruzar hacia la isla mayor adonde nos esperaba Monkey Beach. Esta pequeña playa se encuentra repleta de monos, como el resto de la isla pero aquí están de manera permanente esperando que los visitantes les lleven frutas para disfrutar. Los pequeños son bastante agresivos, así que recomiendo no acercarse mucho para tomarse fotografías y mucho menos osar agarrarlos.

Esta excursión es algo que ningún visitante puede dejar de hacer y considerando que todo cuesta 400 Baht por persona con almuerzo incluido, sin dudas sería una pena obviarlo. Además se pueden hacer tours de pesca, Cliff jumping, snorkeling nocturno en zonas de plancton y hasta dormir en un embarcación para disfrutar del atardecer en Maya Bay que deja de recibir tours de un día a las 17 hs.

Un dato importante que no mencione es que tanto Phuket como Ko Phi Phi fueron azotadas por el Tsunami de 2004 con más de 220.000 víctimas en toda la región. De manera que es muy común observar que Tailandia, a diferencia de aquel momento, cuenta con un plan de escape ante una alerta de Tsunami con rutas delimitadas y procedimientos a seguir.

Tras disfrutar del relax y sin pensar tanto en que hacer al día siguiente disfrutamos de nuestros últimos días en el continente asiático, un lugar de la tierra fascinante y que sin dudas me gustaría volver a visitar para conocer países como Vietnam, Malasia, Signapur, Indonesia y tal vez China, por qué no.

Regresamos rumbo a Bangkok para aclimatarnos previo a nuestro regreso de más de 30 hs. en avión y allí pudimos recapitular todo lo que habíamos vivido. Conocimos una nueva cultura, totalmente diferente a lo que los occidentales transitamos y luego de 24 días comenzamos a comprender la razón por la cual los asiáticos encaran sus vidas de una manera muy diferente y tal vez más razonable que nosotros; encontramos sociedades que nos recibieron con los brazos abiertos, que siempre se mostraron amables y felices de que visitáramos sus tierras; tuvimos que superar obstáculos importantes con situaciones extremas en un país en el que “nadie te entiende” y menos siendo un argentino; pudimos observar y fotografiar paisajes y momentos únicos e irrepetibles que quedarán en nuestras mentes para siempre.

Encontrá el relato completo del viaje haciendo click aquí para ver la primera parte de Tailandia, el país de la sonrisa.

Creo que este es el post de viajes más largo que me ha tocado escribir hasta la fecha, tal vez acorde al viaje más importante de mi vida como mochilero y mi reflexión es que viajar nunca dejará de ser una meta para mí. Los viajes te enriquecen como persona, te enseñan y te permiten pararte de manera diferente ante la vida sea cual sea el lugar adonde residas. ¿Giramundo se nace? Yo creo que no, que por el contrario se hace y la clave está en animarse a salir de nuestras pequeñas burbujas cotidianas para descubrir que existen otras realidades y otras historias más allá de la rutina. ¡Hasta la próxima!.

viernes, 8 de junio de 2012

Fiji, un sueño para no despertar


Se preguntarán por qué el sugestivo título de este artículo y cómo fue que con sólo 17 años llegue a Fiji. Tal vez exista una sola palabra que ayude a describir aquella maravillosa experiencia que viví allá por 2003, una que es tan mágica y abarcadora, que roza lo fantástico e irrepetible: “Sueño”.

Fiji fue más que un destino turístico para mí, fue un hito que marcaría mi existencia para siempre. Una semana de mi vida, en pleno descubrimiento del mundo de los viajes, de los hostels y los mochileros, en la que experimente la sensación plena de libertad, paz y armonía. Incluso me llevó a contestarles a mis padres un correo desde la otra punta del mundo que decía algo así como: “el año que viene no estoy convencido de estudiar, en realidad siento ganas de viajar”, transformándome así en un kamikaze japonés que tuvo que estrellarse contra duras respuestas, pero que con el tiempo entendería por qué el enojo del otro lado de la pantalla.

Corría el año 2003 y me encontraba realizando una intercambia cultural en Nueva Zelanda (*ver Nueva Zelanda, la joya de Oceanía). Un día la familia Galyer, que gentilmente me recibió en su hogar durante 6 meses me comentó que estarían realizando un viaje a las Islas Fiji y que sería un placer para ellos invitarme, siempre y cuando el ticket aéreo corriera por mi cuenta.

Así fue que debí decidir entre conocer Australia, que se encontraba a sólo 3 horas de vuelo desde Wellington (NZ) o visitar las paradisíacas islas del Pacífico. Finalmente y tras meditarlo pensé que sería más probable volver a ese rincón del mundo para visitar Australia, que cruzar medio planeta para conocer una pequeña isla.

Llegó el gran día, armé mi mochila y partimos rumbo a Nadi, la tercera ciudad más importante del país que alberga el aeropuerto internacional y se ubica en la isla de Viti Levu. La primera impresión fue un shock, es que después de estar casi seis meses viviendo en Nueva Zelanda sinónimo de orden y limpieza volví a sentirme que pisaba un país subdesarrollado. El primer impacto fue el calor insoportable que ingresó al momento de abrirse la puerta del avión y el caos de gente en un aeropuerto sobresaturado con todas sus escaleras mecánicas detenidas, y un idioma totalmente extraño (a pesar de que todos los habitantes hablan muy bien inglés). Esta ciudad no es el mejor de los lugares, por las noches no parece segura ya que se ve mucho caos y descontrol. Muchos extranjeros descontrolados, prostitutas y alcohol al más puro estilo Bangkok.

Desde allí nos dirigimos al puerto local desde donde partiríamos en ferry a través de cristalinas aguas hasta llegar a nuestro destino, la Isla Mana. Allí, mi familia se dirigió a un resort al otro lado de la isla, y yo junto a Sarah, mi “host sister” en Nueva Zelanda arribamos al hostel (*ver hostels en Mana) ubicado a pocos metros frente al mar.

Era la primera vez en mi vida que arribaba a un hostel, no entendía mucho cómo funcionaba el lugar ni cómo debía uno relacionarse con otros viajeros. Tenía apenas 17 años, lo que me convertía en el viajero más joven de la isla además del único latinoamericano. Por suerte y gracias a la mecánica del hosteling, automáticamente conocí a un inglés y una noruega que nos recibieron con mucha buena onda y, con cerveza de por medio, nos comentaron un poco como era la vida en Mana.

Tal vez esto último fuera lo más fácil y rápido de aprender ya que en Fiji prácticamente no existen las preocupaciones. A pesar de la pobreza y precariedad sus habitantes son conscientes de que por su cercanía al mar y las condiciones climáticas de la zona, la naturaleza se encargará de proveerles todo lo necesario para subsistir. Por lo tanto desde ese día pasaba a vivir en “Fiji time”, es decir sin horarios y ni apuros.

Básicamente el objetivo de pasar los próximos días en aquel paraíso era disfrutar del sol, snorklear por las fantásticas aguas llenas de vida, conocer amigos y amigas de diferentes partes del mundo, compartir experiencias de vida, tomar mucha cerveza, ron y vodka y abrir bien los ojos para no dejar escapar en tu mente ni un solo instante de esos 10 días.

Las instalaciones del hostel eran bastante precarias, un colchón con apenas una sábana que no contaba con red mosquitera, un pequeño comedor al aire libre sobre la arena adonde a diario almorzábamos y cenábamos (incluido en la tarifa del hostel, pero difícil de descifrar que era lo que ingeríamos) y que al mismo tiempo servía de bar durante toda la noche para compartir largas horas de charlas, juegos para beber y música.

Algunas de las actividades nocturnas más destacadas fueron la carrera de cangrejos, un complejo sistema de competencia adonde se elije un cangrejo y se lo coloca en un balde. Luego se dibuja un gran círculo y se apuesta al cangrejo seleccionado, el primero en salir del circulo se alza con el pozo acumulado.



Otra fueron los shows de bailes típico con fuego y el coro de niños locales que entonaron canciones en fijiano acompañados por el escaso ritmo de los queridos gringos que pasaban por la isla. Ningún visitante puede dejar de disfrutar de la ceremonia de “Cava”, un extraño brebaje hecho a base de una raíz con propiedades similares al alcohol. En realidad, la sensación es la de tomarse una cerveza caliente pero que cayó en un charco en la tierra.

Durante el día el mismo calor te obligaba a levantarte por la mañana aunque hubieras trasnochado y de ahí directo al mar. La isla tiene distintos rincones muy tranquilos, a tan solo unos 40 minutos de caminata. Es común la práctica de topless entre las europeas que conviven en un paisaje de pescadores, que buscan su botín diario por las costas. Mana está rodeada por arrecifes de coral, es decir que la vida marítima abunda en las profundidades. Es fundamental llevar un snorkel ya que alquilarlo a diario se transforma en un gasto innecesario y por algunos dólares podes comprar uno en la ciudad de Nadi. Bajo el agua se pueden divisar estrellas de mar de color azul eléctrico, peces de todos los colores y formas que uno se pueda imaginar que te obligan a contemplarlos durante largos minutos.

Ahora, si no podes mantenerte en un solo lugar y estás ansioso hacer alguna otra actividad podes contratar una lancha para conocer arrecifes de coral más lejanos o también para hacer un tour de pesca por las fascinantes aguas entre las diferentes islas.  Esta última fue una de las actividades que practique durante mi estadía de la mano de Moses, nuestro capitán estrella, que no sé si sabía mucho de pesca pero cuyas permanentes carcajadas bajo un tupido afro sin dudas me alegraron la mañana. Además durante el viaje podés apreciar las demás islas, que por lo general cuentan con Resorts “All Inclusive”, y pasar por las costas de la Isla de “Cast Away”  donde fue filmada íntegramente la película “El Naúfrago”, protagonizada por Tom Hanks.

Otra cosa muy recomendable es meterse al mar de noche bajo un cielo lleno de estrellas e iluminado por las luces de algunos veleros que se encuentran anclados fuera de la barrera de coral. La calidez de las aguas de Fiji te hace olvidar de cualquier otro problema que pueda acosar tu mente.

Un dato a tener en cuenta es que la mayoría de los mochileros en Fiji son bastante jóvenes. Es muy común que los ingleses y nórdicos hagan un viaje por Oceanía de alrededor de 6 meses antes de comenzar sus estudios o seguir con sus actividades laborales. Estamos hablando de jóvenes de 23 años en promedio que además de buscar conocer nuevos destinos, buscan diversión.

Jamás voy a olvidar las conversaciones, debates sobre Europa y Sudamérica, la anécdotas de viajeros que transitaban hace ya muchos meses por la región, las charlas de rugby con los locales que trabajaban en el lugar y la increíble sensación de que el tiempo no corre, porque estás 100% relajado.


Durante aquellos diez días esta fue básicamente mi rutina, que en la Isla de Mana no es agotadora  sino de lo más placentera. Es tal vez el sueño de todo aquel que en un día de furia exclama: “Dejo todo y me voy a vivir a la playa”. Es la viva imagen de aquellas películas como “La Playa”, en donde la calidad de vida no se mide por el acceso a bienes sino por la naturaleza y el paraíso que te rodea.

Pero en fin es un sueño, un sueño que como todo sueño en su mejor momento llega al final y tenés que despertarte para seguir con la vida real. Pero lo más importante, es un sueño que vas a recordar cada día de tu vida, ese que en el momento de máxima tensión va a levantar tus pies de la tierra y te va transportar a ese paraíso Giramundo, a esa anhelada forma de vivir. ¡Hasta la próxima queridos viajeros!


domingo, 22 de abril de 2012

Caribe Colombiano, en lo más alto de Sudamérica (1era parte)


Hace unos años cuando comencé a conocer este continente tan increíble en el que me tocó nacer, empecé a vislumbrar mi primer gran objetivo como mochilero: Colombia.

En las sucesivas aventuras por Bolivia, Chile, Perú y Ecuador (ver post anterior) conocí a miles de viajeros, mochileros, artesanos, aventureros o simplemente personas que buscaban su lugar o algo tal vez mucho más complejo, algo que no es fácil de entender a menos que estés en la piel de quien te lo manifiesta. Sin embargo, muchos de ellos tenían algo en común y era la misma respuesta a mi pregunta: “¿Hasta dónde pensás llegar?”, “Yo voy a subir hasta Colombia”. Lo cual comenzó a generarme una atracción hacia ese país y terminó por llevarme a conocer ese místico lugar.

Para muchos el país cafetero tiene una de las peores reputaciones del mundo. Es que cuenta con más de 50 años de una guerra civil entre la guerrilla (FARC), los paramilitares y el estado, ayudado por el gobierno de Estados Unidos; y además con el oscuro pasado del narcotráfico y del reinado de Pablo Escobar Gaviria, el narcotraficante más célebre de la historia que llegó a ser representante en el Congreso de la República.

El fantasma de Escobar aún sobrevuela a Colombia. Es que fue un hombre que para muchos podía transformarse en el salvador del país y que llevó a algunos de sus habitantes a adoptar la cultura de la violencia como una forma de vida. A esto último lo sostengo a partir de que en tan sólo 14 días pude ser testigo de algunos episodios que me llevaron a esta conclusión, a modo de ejemplo carteles en lugares públicos dónde establecen que queda prohibido el ingreso con armas de fuego y situaciones totalmente “extrañas”, que detallaré más adelante.

Pero más allá de todo esto, Colombia es una tierra repleta de alegría, color y calidez en su gente y fundamentalmente para con los argentinos. Pocas veces me he sentido tan bienvenido como lo que viví por aquellas latitudes, hasta me llevó a pensar que tal vez los colombianos y los argentinos no seamos tan diferentes después de todo, a pesar de la gran distancia que no separa.

Llegar a Cartagena, respirar Colombia
Así fue que después de una larga espera llegó el gran día, el momento en que me dirigiría al aeropuerto de la ciudad de Córdoba con destino a mis merecidas vacaciones. A través de una promoción de LAN conseguí un aéreo directo a Cartagena de Indias por unos 600 dólares. Sin embargo, por toda una serie de malos entendidos tuve que volar sólo. Esto se debió a que mis compañeros sacaron sus pasajes por Despegar.com (que desde este viaje dejaré de recomendar, ya que trajo más problemas que soluciones) y por falta de disponibilidad terminamos volando todos en vuelos diferentes.

Tras un retraso de 4 hs en la escala en el Jorge Chávez de Lima, arribé a Cartagena a la medianoche. Con sólo una idea aproximada de donde estaba parado, a lo que se sumaba  el calor infernal que se siente al momento en que se abre la puerta del avión, tomé un taxi por $12.000 colombianos (COP), unos 7 dólares, hasta el Makako Hostel adonde mis amigos me esperaban tomando la doceava cerveza en un balcón de madera del siglo XIX. Cabe aclarar que a partir de ese momento nunca tuve una real noción de cuanto estaba gastando ya que el cambio me pareció complicadísimo (1 U$S = 1700 COP - Ver conversor al pie del blog), sólo aprendí a determinar que era muy costoso y que no lo era.

Llegar a Cartagena de Indias de noche e ingresar a esa fortaleza amurallada no tiene comparación con nada. Sus estrechas calles adornadas por balcones y flores, iluminadas por farolas coloniales y música salsa de fondo te provoca una sensación de que estás en un lugar detenido en el tiempo.

Así fue que nos dirigimos a la plaza donde se ubica el emblema de la ciudad, la Torre del Reloj. Allí empezamos la recorrida nocturna por Colombia, con todo lo que eso implica y como buena primera noche, en un lugar que desconocés, salió todo fuera de lo esperado. Comenzamos por el famoso bar “Tu Candela”, uno de los lugares más turísticos que te puedas imaginar en donde podías encontrar desde una señora europea de 60 años con bermuda, a jóvenes mochileros con musculosa de surf y algún que otro señor entrado en años acompañado de una de sus “amantes locales”. Es que si hay algo que te sorprende en la noche de Cartagena es la cantidad de prostitución, oficial y no oficial, que hay en sus calles.

Al no encontrar lo que esperábamos nos cruzamos la calle hacia uno de los bares más típicos del lugar, “Donde Fidel”, allí la salsa que proviene del local se adueña de la plaza y de todos lo que transitan por la calle que no se resisten a bailar. Tras una par de cervezas decidimos continuar la recorrida ya que teníamos la esperanza de encontrar algo para hacer aquel domingo. Pero la noche no iba a dejar de sorprendernos, así fue que detrás de la plaza encontramos una fiesta repleta de gente bailando y emocionados nos dirigimos adentro. Pero había algo extraño en aquel lugar, tragos baratos, mucha gente y todo el mundo demasiado amigable con nosotros. Fue así que tras un par de minutos nos dimos cuenta adonde nos habíamos metido: estábamos en el bar de “Le Petit Hotel”, el hospedaje gay friendly por excelencia de Cartagena.

Entre risas salimos del lugar y un tarjetero colombiano nos dijo de un bar, con buena música, cerveza fría y repleto de mujeres (el discurso universal de cualquier tarjetero, ya sea en Argentina o en Indonesia). Ingenuamente lo seguimos y entramos a una salón con muy buena música, adonde todas esas premisas se cumplían. Pero una vez más dijimos “acá hay algo raro” y efectivamente no nos equivocamos, es que era uno de esos lugares donde el que quiere divertirse paga y muy caro (léase pagar por “amor”). No dejó de sorprenderme que la tarjeta que nos habían entregado tenía un cartel que prohibía ingresar al lugar con armas de fuego.  Ese fue el momento que dimos por terminada nuestra primera noche y decidimos que habíamos vivido suficientes emociones.


Más allá de esta primera gran aventura, la noche colombiana fue una de las pocas críticas hacia Colombia. Es que al estar pocos días en cada lugar, uno tiende a ir a los bares y discoteques más conocidos del lugar y no entra en las alternativas locales. Pero la noche colombiana por momentos era eso… eso que por lo general no le gusta a ningún mochilero. En primer lugar, bares totalmente turísitcos donde ocasionalmente entraba un guía de un “chiva rumbera”, que ingresaba con 50 turistas de todo tipo y edad. En segundo lugar, en la noche colombiana uno nunca termina de estar tranquilo ya que se ven muchos personajes de la oscuridad tales como dealers, prostitutas, policías corruptos entre otros protagonistas incómodos. Por último, los horarios de la noche son muy variables, en el norte todo terminaba a la 1 am., mientras que en Cartagena lo hacía en horarios mucho más tardíos. Tal vez fue algo ocasional, pero fue lo que me tocó experimentar durante este viaje.

Durante el día el calor en tierras colombianas es bastante complicado para quienes no estamos acostumbrados a temperaturas caribeñas, pero por suerte existen muchas playas en los alrededores que lejos están de aquellas que uno ve en postales del Caribe pero poseen aguas cálidas, están a minutos de distancia y seguro no te va a faltar nunca nada. Entre ellas se destacan Bocagrande, Castillo Grande y La Boquilla. Un dato a tener en cuenta son los vendedores ambulantes quienes “te atacan” literalmente, al punto tal que si te quedas dormido podés despertar con una señora masajeandote la espalda sin que vos lo pidieras. Sin embargo todas estas cosas son la que hacen a un viaje en su totalidad, por lo que les recomiendo que también disfruten de las anécdotas que de ahí se desprenden.

Islas del Rosario e Isla Barú
Ya durante el primer día en Colombia sabíamos que con el mar Caribe tan cerca no podíamos perder un día de playa y sol. Fue así que partimos rumbo a las conocidas aguas de Islas del Rosario e Isla Barú. Uno debe dirigirse hacia el muelle turístico, ubicado al final de la calle de la Torre del Reloj, y allí tomamos una lancha que durante 1 hr. navegaría mar adentro. Por 45.000 COP hicimos el recorrido a Isla del Rosario, con 1 hr. de snorkel por el increíble arrecife de coral repleto de peces tropicales (atención, que siempre vuelven a pedirte a dinero cuando llegas al lugar en concepto de “algo”) y a continuación volvimos a almorzar una plato de pescado con arroz, ensalada y patacones a Isla Barú.

Sin duda alguna Playa Blanca es una de las playas más paradisíacas de Colombia y tal vez de América Latina, es un lugar donde la arena blanca y el mar turquesa te obligan a hacer mas de una visita. A tal punto que al final del viaje regresamos a Cartagena para pasar los últimos días en Colombia en aquella maravillosa ciudad. Allí decidimos volver a visitar Isla Barú, pero ésta vez nos quedamos a dormir en el lugar. Para pasar la noche tenés tres opciones frente al mar: en hamaca con red mosquitera, en carpa o por algunos pesos más en unos bungalows de madera.

Nuestro grupo optó por la opción de la carpa ubicada frente al mar y bajo una especie de techo de hojas de palmera que amortiguaría la lluvia en caso de ocurrir por 20.000 COP. Para ser sinceros es el sueño de cualquiera dormir frente al mar en una playa paradisíaca donde ni siquiera hay energía eléctrica, pero la falta de baños, a excepción del mar, y de otras comodidades básicas te llevan acortar tu estadía en esas condiciones. Es importante llevar linterna, ya que a excepción de los restaurantes al final de la playa que se encuentran iluminados por velas, después del atardecer ya no puede verse nada. En estos bares se puede comer por un precio bastante razonable (15.000 COP), por lo que no es necesario aprovisionarse con latas de conserva si solo vas a quedarte una o dos noches. Disfrutar de una atardecer en Isla Barú y caminar por sus playas iluminadas por la luna y las estrellas es una experiencia que nadie que viaje por aquellas latitudes puede dejar de vivir, así como tampoco levantarse por la mañana cuando sale el sol y pegarse un chapuzón en esas aguas celestes disponibles sólo par vos.

Al otro día nos tocaba retornar al continente a las 3 pm, que es el horario estimado en que salen las lanchas de regreso. Como solía pasar en Colombia, la lancha que nos llevó el día anterior nunca volvió al día siguiente, por lo que tuvimos que negociar con otro capitán nuestro regreso por otros 15.000 COP más. La vuelta a través del mar suele ser bastante movida, sobre todo si el capitán que te toca es un  absoluto irresponsable que no regula los dos motores de 200 HP cuando encara olas de 4 metros, así que como consejo traten de buscar las embarcaciones más grandes y evitar las más pequeñas y rústicas. Además, si pueden, siéntense de la mitad de la embarcación hacia atrás para evitar malos ratos.

sábado, 28 de enero de 2012

Chile, Perú y Ecuador: La odisea Latinoamericana


Infinidad de kilómetros recorridos a través de varias fronteras, miles de paisajes, nuevos amigos y anécdotas al por mayor fueron algunas de las cosas que marcaron mi primer gran aventura como mochilero y que cambiarían mi vida para siempre.
Todo comenzó en 2004, un año después de mi regreso a Argentina luego de vivir en Nueva Zelanda. Estaba trabajando en un call center, empezando la Universidad y todo esa rutina me llevó a darme cuenta de que necesitaba vivir una experiencia diferente.
Junto a un amigo tomé la decisión de emprender un gran desafío con sólo 18 años: Llegar hasta Ecuador en bus. Para lograrlo había que recorrer más de 5000 km a bordo de colectivos no muy cómodos, por caminos inhóspitos y lugares desconocidos, sin contar con experiencia previa en este tipo de viajes. Así fue que con solamente una mochila y un pasaje desde Córdoba, Argentina hasta Santiago de Chile se inició este periplo.

Cruzar la cordillera

Uno de los hitos de arribar a tierras chilenas es el Paso de los Andes, un camino fantástico que atraviesa la cadena montañosa más imponente que pude conocer y que te hace sentir diminuto. Una vez atravesada la frontera, arribamos a Chile pasando por el camino de Los Caracoles, caudalosos ríos de deshielo y con la mira puesta en nuestro primer destino, Santiago de Chile.


La capital nacional es un lugar agradable, ordenado y limpio, algo que se repite a lo largo de todo el territorio. En Santiago sólo estuvimos algunas horas, pero pudimos recorrer sus peatonales, la Casa de la Moneda, sede del gobierno nacional y alguno de los majestuosos centros comerciales en el centro de la ciudad.
Sin dormir partimos rumbo a La Serena, un afamado lugar de vacaciones para los chilenos que realmente nos sorprendió por su grado de desarrollo. Arribamos a destino y nos dirigimos con nuestras mochilas hacia la playa para disfrutar del Océano Pacífico.
Debo advertir a los viajeros que decidan visitar este destino con una mochila al hombro sobre la hostilidad de los “carabineros”, Policía Nacional de Chile. Me refiero a que si ven a un grupo de jóvenes de 20 años con mochilas en una playa, por más de que sean las 2 pm, se van a acercar a averiguar cuál es tu intención y porque razón nos dejaste tu mochila en un gran hotel (otro signo de intolerancia de una de las fuerzas con peor reputación en América Latina, al menos desde mi punto de vista). Tras el desagradable incidente volvimos hacia la terminal de buses donde, entre debates definimos nuestro próximo destino. Fue así que considerando que nuestro objetivo era Ecuador necesitábamos poner las manos sobre las riendas y recorrer una buena cantidad de kilómetros.
El resultado, la fronteriza ciudad de Arica. Más de 26 hs. en bus, pasando por la emblemática ciudad de Antofagasta, el imponente Desierto de Atacama con sus pueblos fantasmas resultado de la explotación minera para llegar a una tranquilísima ciudad fronteriza. Lejos de respirarse ese clima de comercio fenicio que uno siente en las fronteras de la región, Arica se asemeja mucho más a un destino exclusivo de vacaciones, con amplias playas de cálidas aguas, paradores y discotecas.

Perú, la tierra de los Incas

Todo lo contrario ocurrió al otro lado de la frontera, donde Perú nos recibió con un fuerte shock cultural, algo similar a lo que describe Manu Chao en “Bienvenida a Tijuana”. Particularmente debido al clima de ilegalidad y crimen organizado que se respira al bajarse en la fronteriza ciudad.
Tras entrar en tierra de los Incas comenzamos a sentir eso que habíamos venido a buscar, una sensación de transitar por una cultura totalmente diferente: la del altiplano. Todos los peruanos descendientes de los pueblos originarios son personas muy agradables, extremadamente educadas y que están orgullosos de su identidad, que defienden su cultura y sus tradiciones. Esto se puede apreciar en sus vestimentas, sus comidas típicas y los diálogos en un dialétco que automáticamente deja afuera a los extraños que transitamos estas tierras. Tras muchas horas de viajar en uno de los buses más baratos que conseguimos arribamos a Arequipa (*lo barato sale caro, el viaje duro casi el doble de los estipulado, viajando de manera muy incómoda y siendo demorados por la policía de frontera en varias ocasiones). Arequipa es una ciudad colonial enclavada en la zona montañosa de Perú, paso obligado para todos aquellos viajeros con rumbo a la ciudad de Cuzco. Sus calles de empedrado, sus plazas de estilo colonial te hacen sentir como si viajarás en el tiempo. Tras disfrutar de unas buenas cervezas “Arequipeñas” en un bar frente a la plaza central, recorrimos la zona de la plaza de armas de noche que se presenta a los peatones totalmente iluminada. Lejos de ser peligrosa, recomendamos a los turistas no deambular de noche con cámaras de fotos ni objetos de valor ya que, cómo muchos saben, la ciudades latinoamericanas siempre implican un grado de riesgo para quienes son ajenos al lugar.

Siguiendo rumbo al norte y tras unas cuantas horas sobre la carretera llegamos a uno de los lugares más anhelados: la ciudad de Lima, capital peruana, marcaría la mitad del viaje en kilómetros. Esto nos hacía sentir cada vez más cerca de nuestro objetivo, el pequeño pueblo costero de Montañita en Ecuador. Lima es una de las ciudades más grandes del continente, y unos de los máximos iconos de la “costa” en el peruana. La misma alberga el gran puerto de El Callao, un centro histórico con una plaza de armas formidable, el moderno barrio de Miraflores con sus centros comerciales y edificios modernos y el pintoresco barrio de Barranco, que se transformaría en una especie de segundo hogar durante mi viaje.

Barranco es un lugar realmente maravilloso, una zona totalmente tranquila llena de restaurantes, bares y tranquilidad como para deambular a cualquier hora del día. Además, se encuentra a solo metros de la playa limeña. Arribamos totalmente desprovistos de información en cuanto a alojamiento y precios, por esta razón (por novatos) terminamos durmiendo en un especie de hotel alojamiento, más diseñado para estadías por hora que para mochileros. Por la noche contaba con una sinfonía de puertas que se abrían y cerraban, parejas cariñosas que manifestaban sus sentimientos de manera muy abierta, en fin una muy mala decisión. A esto hubo que sumarle que en mi primera noche en Lima, salimos a conocer la zona y en una escalera totalmente inundada sufrí un esguince que me dejo el tobillo como el de Diego Maradona en el Mundial 90.
Tras la nefasta primera noche nos levantamos y dijimos: "hay que salir de acá". En primer lugar fuimos hasta un dispensario de salud donde un traumatólogo vio la lesión, me recetó antiinflamatorios, vendaje y pomada por la modifica suma de 10 soles. Mientras tanto buscábamos un nuevo alojamiento porque de lo contrario íbamos a abandonar la “engualichada” ciudad de Lima. Pero como dice el refrán “No hay mal que por bien no venga” y dimos con uno de los mejores hostels en los que me he quedado en mi vida: “The Point Lima”. 
Un recinto pensadoen cada detalle para que tu estadía como viajero sea una maravilla, con muy buena predisposición de todos los que trabajan allí, excelentes amigos de todo el mundo que descansan del ruido y locura de la gran ciudad en un patio lleno de hamacas, buena música y una atmósfera ideal. Además, podías tomar prestadas tablas de surf, los que nos llevó a intentar tener nuestra primera experiencia con las olas locales durante la tarde. Por la noche, nuevos amigos arribaron a The Point y la previa a una salida nocturna se iba gestando. Tras unas buenas cervezas partimos a pie a recorrer la noche local y terminamos en el conocido disco “El Dragón”.
Tras tres noches en lugar seguimos nuestro destino hacia el norte y en la terminal de Lima definimos nuestro rumbo hacia la ciudad de Chiclayo. Poco sabíamos de este lugar, salvo que había sido sede de los partidos de la Selección Argentina en la Copa América 2004. Arribamos al lugar y la ciudad estaba convulsionada, un conflicto salarial de trabajadores había llevado a lagente a tomar las calles. Para variar no teníamos idea de dónde íbamos alojarnos, por suerte la
llegada de la guardia de infantería nos ayudó a decidirnos rápidamente por el primer alojamiento que vimos frente a la plaza. Para serles sincero, la ciudad de Chiclayo no me pareció de lo más recomendable para una parada en este viaje. Sólo me gustaría destacar la playa de Pimentel, a pocos kilómetros del lugar. Un área costera de pescadores, con restaurants de mariscos, balsas de totora y embarcaciones que decoran el paisaje, y un enorme muelle que se perdía en el mar, adonde los locales extraen las exquisiteces que se albergan debajo del agua.

Definitivamente la ansiedad de llegar a nuestro objetivo, Montañita en Ecuador, nos llevó a que nuestro próximo trayecto fuera de un largo tirón. Decidimos evitar Máncora, una de las playas más bonitas de Perú, para directamente llegar a la frontera con Ecuador. Desde Chiclayo conseguimos un bus a Piura, desde donde hicimos trasbordo hasta llegar a la fronteriza Tumbes a la 1 am. Respecto de este tema les recomiendo que nunca lleguen a una frontera terrestre por la
noche, mucho menos a una con la mala fama de Tumbes. Por suerte conseguimos un taxi, con un conductor cuya actitud era similar a un miembro del Cartel de Juárez, que nos llevó al CIFA Internacional un transporte que por suerte cruzaba la frontera hasta Ecuador y contaba con el soporte de una seguridad privado armado que te palpaba antes de subir (tenebroso para una primera experiencia de mochilero, pero que con los años una se acostumbra). Pero finalmente, sellamos nuestros pasaportes y ya estábamos en el país que divide al mundo en dos hemisferios.

Ecuador, un lugar para conocer antes de morir
Luego de varios días desde que habíamos dejado Córdoba, de dormir poco, viajar mucho y superar varios escollos llegamos a Ecuador, una tierra en donde ya se comienza a respirar un clima más tropical, no sólo por la temperatura sino por su gente y su música. En la zona de las plantaciones de plátanos, los trabajadores subían rumbo a las principales ciudades tras semanas de trabajo y el chofer acompañaba esta alegría con música alegre como “Mesa que más aplauda”, donde todos coreaban y bailaban a bordo.



Guayaquil, famosa por sus altas temperaturas y el peligro de sus calles, nos recibió en una enorme terminal terrestre bastante precaria y caótica – por suerte luego de 6 años volví visitarla y hoy es una moderna estación, similar a un aeropuerto – donde sacamos nuestra ticket rumbo a la playa.

En la famosa Ruta del Sol, nuestro bus se detuvo a la altura de Santa Helena y desde ahí viajamos algunos kilómetros en la cómoda caja de una camioneta Ford. Apenas llegamos a Montañita, nos dimos cuenta de que en ese lugar todo iba a ser diferente. Caminar por sus calles repletas de artesanos, con aquel atrapasueños gigante que cruzaba de punta a punta la calle principal, y ver a toda esa gente en los bares del centro del pueblo tomando una cerveza Pilsener y saludando a cada uno de los que recién llegábamos, fue una bienvenida más que satisfactoria. (Click aquí para ver la nota “La experiencia de pasar por Montañita”).
Doce días más tarde, tras haber experimentado todo lo que significa Montañita con su gente, playas, atardeceres, fiestas, fogones y el surfing, decidimos abandonar este mágico lugar para alejarnos con sólo una imagen mágica que permanecerá intacta en nuestras retinas por el resto de nuestras vidas.
El próximo destino el pueblo costero de Canoa, adonde viajamos con Pepe de Perú y Daniela de Argentina amigos que habíamos conocido en el hostel de Montañita. Canoa al otro se ubica al otro lado de la bahía Caraquéz, una pequeña comunidad costera en donde la pesca es su principal
actividad y estaba en plena desarrollo de su actividad turística. Tan sólo una noche pasamos en este lugar pero pudimos disfrutar de su playa y de sus tranquilas calles. Canoa marcaría un punto de inflexión en esta aventura, mi compañero de viaje Ezequiel decidió seguir su camino rumbo a Mompiche a donde lo esperaban otros amigos cordobeses, mientras que yo opté por dirigirme hacia la sierra ecuatoriana ya que sólo me quedaban pocas semanas de viaje e iba a ser un largo camino a casa en bus.

Junto con Dani nos dirigimos hacia la capital nacional, Quito, una ciudad que es patrimonio de la humanidad y una de las más antiguas de toda la región. Así fue que, en medio de la noche arribamos a este maravilloso lugar y tomamos un taxi rumbo a la zona de “Mariscal Sucre”, un barrio tranquilo en la ciudad nueva repleto de bares y alojamientos para pasar una tranquila

estadía en una gran ciudad. Para serle sinceros Quito tiene todo lo que cualquier visitante está buscando: cultura, gastronomía, aventura, diversión, noche, pero es importante si algún local te acompaña ya que no es uno de los lugares más seguros. Cosas que no podés dejar de ver son la ciudad vieja, adonde podés encontrar todos los edificios coloniales, la plaza de arma, la sede del gobierno nacional, iglesias y todo en perfecto estado, lo que te lleva a viajar en el tiempo a cientos de años atrás. Quito se caracteriza por sus bajas temperaturas y lloviznas por lo que es recomendable que llevés a abrigo o compres alguno en caso de que lo visites. Otra buena alternativa es sentarte en alguno de los pequeños bares de la plaza de armas a tomar un “Canelazo”, uno de los tragos típicos del lugar que te aseguro levantará la temperatura de tu cuerpo.
El impactante monumento de La Virgen de Quito, ubicada en el Panecillo en lo más alto de la ciudad, fue otra de las cosas que me marcó en mi viaje, haber tenido la posibilidad de visitarla en una noche lluviosa, toda iluminada y ver la panorámica de la ciudad me hizo sentir en la cima de todo. Si recomiendo que vayan en algún vehículo y no caminando. Si llegan a ir de noche sólo
háganlo acompañados de una ecuatoriano, ya que la zona es bastante peligrosa según nos comentaron.

Una parada obligada es la visita a la Mitad del Mundo. Puede sonar muy turísitico y trillado, ya que simplemente vas a visitar un gran monumento repleto de locales de souvenirs, pero que está atravesado por una extensa línea que marca el punto en que los científicos situaron la línea del ecuador que divide al mundo en dos mitades. Personalmente lo tomé como una meta, era mi primer viaje como mochilero y considerando que vivo en Argentina, uno de los países más australes del planeta, es toda una sensación de victoria haber llegado por mis propios medios y a los 18 años de edad hasta la mitad del globo, es un deseo y un objetivo (creo que el de muchos) llegar a conocer cada lugar de este maravilloso lugar donde vivimos, repleto de secretos, maravillas e historias.



Tras unos días Dani siguió rumbo a Colombia y yo tenia que empezar a bajar hacia Argentina. Por suerte me encontré con otro amigo de Montañita en el hostel de Quito, Johaness de Alemania, con el que viajamos hacia Baños de Ambato.


Baños es un lugar rodeado de naturaleza y enclavado en la sierra, cerca del volcán Cotopaxi. Se caracteriza por sus aguas termales, de acceso público, y por un impresionante recorrido lleno de cascadas, que podés hacer rentando un bici por el día en el pueblo. Baños es también un destino clave
para todos los viajeros, por lo que te volvés a encontrar con amigos de todo el mundo y por supuesto cuenta con una amigable vida nocturna.

Sin dudas un lugar para visitar en la sierra ecuatoriana. De allí, nos dirigimos con hacia la ciudad de Cuenca, muy similar a Quito pero con una tranquilidad que la distingue sobre el resto de los lugares. Ciudad que tuve la oportunidad de visitar nuevamente al huir del Tsunami, tras la alerta recibida en 2011. Cuenca marcó otro momento importante, ya desde allí comencé a viajar totalmente sólo una experiencia fuerte, por momentos agradable y por otros demasiado solitaria.

Un largo camino a casa
Comencé a bajar hacia Perú, y decidí que no quería dejar de conocer el famoso spot de viajeros al norte de ese país: Máncora. Este lugar es realmente muy atractivo, pero les recomiendo a quienes viajen que pasen primero por aquí antes de ir a Montañita ya que sin pretenderlo, uno entra en comparaciones odiosas. Lamentablemente volví a cometer el error de principiante o de apurado, de arribar a un pequeño pueblo a las 2am y para colmo en pleno carnaval. El resultado,

todos los alojamientos totalmente colmados, las gente estaba en una juerga descontrolada y yo sólo quería posar la cabeza sobre una almohada. Así fue partí hacia la playa en medio de la noche con mi mochila al hombro, en busca de algún lugar tranquilo donde poder pasar la noche a la intemperie. Tras un intento fallido donde interrumpí a una pareja de amantes de la cual no me percate, decidí alejarme aún más del pueblo hacia donde había un fogón y una pequeña carpa. Cuando me arrime a este humilde alojamiento un hombre de 1, 85 con collares de madera y de rasgos incaicos salió de su interior empuñando un poco amistoso machete. Son esos pocos momentos en que pensás: “¿Es así como quiero morir, a machetazos en un playa de Perú?”. Se dirigió hacia mi y con una voz gruesa me dijo: “Vos sos un fantasma”, “vos venis a robar”. Resultó ser que esta persona era un Chamán que estaba en la carpa con 3 jóvenes que estaban en pleno viaje con cactus de San Pedro, una bebida alucinógeno típica la región y su función era cuidarlos durante la travesía. Simplemente le expliqué que no tenía adonde ir y pregunté si podía quedarme al lado del fuego, a lo que me contesto que sí y me recomendó “enroscarme como una víbora” para no pasar frío.
Al otro día los jóvenes salieron en un estado semi presencial todavía en una especie de viaje psíquico, pero se mostraron muy amistosos. Más tarde conseguí alojamiento en una pensión, descanse unas horas y volví a la playa donde almorcé un ceviche con jugo frente al mar. Tras un día bastante solitario, al caer la noche compré una botella de ron y fui hacia la playa para hacer amigos. Por suerte conocí a unos surfers locales con los que nos dirigimos a un bar y fuimos rumbo a un baile de cumbia local. Atrás quedó Máncora y regrese a The Point en Lima donde ya conocía a muchos de los que allí moraban, por lo que me tome unos días para descansar, salir de noche y juntar fuerzas para el largo tramo que faltaba.
Rumbo a Argentina llegue a Arica y tomé por segunda vez en el mismo viaje la mala decisión de volver a dormir en la playa con todas mis pertenencias (quiero aclarar que aprendí de esto y nunca más en mi vida volveré a arriesgarme de esa manera estando solo). Nuevamente sólo me encontré con parejas amorosas en medio de mi soledad ya que era 14 de febrero, mundialmente conocido como San Valentín. Unos amistosos chilenos intentaron robarme pero a fuerza de una actitud firme y un buen manejo de palabras, logré escapar de la situación.
Al otro día partí rumbo hacia Santiago de Chile, y tras más de 30 hs. de bus sumado a ver la película “Mi novia Polly” por 12va vez en el mismo viaje llegue a la capital chilena con un solo objetivo: Llegar a casa!!!. Directamente conseguí otro bus hacia Mendoza y en 8 hs. llegue a mi ciudad natal cuyana donde fui a disfrutar de una buena parrillada con mi viejo. Dos días después llegue a mi querido hogar, con una experiencia en los hombros que probablemente haya cambiado mi vida y listo para seguir con la rutina de todos los días (o tal vez no tanto).

Para cerrar esta nota quiero dejarles una humilde reflexión, ya que viajar es una de las cosas más lindas que tuve la oportunidad de descubrir. Personalmente considero que más allá de una carrera universitaria, de una buena educación familiar y un buen trabajo, experimentar situaciones fuera de lo cotidiano, alejado de tus seres queridos te ayuda a aprender a cómo manejarte en la vida. Superar adversidades, tomar decisiones y llevar adelante una economía limitada por momentos sin dudas te permitan valorar cada una de las cosas que tenés en casa: Tu familia, tus amigos, tu hogar. Ojalá todos puedan un día vivir una experiencia cómo las que he vivido, ya sea de mochilero, de turista, de intercambio o por trabajo. ¡Jamás dejen pasar la oportunidad, la vida es un sola y les garantizó que no hay forma de arrepentirse de estas decisiones!